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Rusia ha reconocido formalmente la independencia de las provincias separatistas georgianas y Occidente se rasga las vestiduras con una notable doble moral.
Cáucasos y Kosovos
No todos los analistas recuerdan ahora, que en febrero pasado los mapas europeos sufrieron su enésima rectificación. La provincia serbia de Kosovo proclamaba unilateralmente su independencia contra de las leyes del derecho internacional y el nuevo estadito recién nacido era apadrinado por los EE UU con la anuencia de media Europa. El viejo oso ruso, un poder geopolítico al que es mejor tratar como socio que como rival, recibió enfadado una bofetada en la mejilla de su primo eslavo del sur.
Entonces como ahora, tejer y destejer las fronteras europeas como el manto de Penélope es una grave irresponsabilidad; entonces de occidente, ahora de Rusia. Los precedentes, y el equilibrio de poder son la base de la diplomacia y tales precedentes descargan de fuerza moral a aquellas cancillerías que elevan hoy sus protestas por la vulneración de la soberanía Georgiana. Éstas ya deberían saber que a cada acción sigue siempre una reacción.
El presidente Saakashvili apostó fuerte en la represión de las ínfulas separatistas de los surosetios confiado en que occidente se la jugaría por él, algo que a día hoy es profundamente dudoso. Lo que ya es seguro es que su torpe maniobra, ha servido en bandeja a los rusos el pretexto para devolver a occidente la pelota kosovar, pisoteando de paso la soberanía de su país y la integridad territorial de la pequeña nación caucásica.
Los pillajes de la soldadesca rusa en Georgia y el déficit democrático del régimen de Moscú son feos adornos para el “libertador” Putin que se erige en paladín de las minorías oprimidas. Sin embargo, su razonamiento es impecable: ¿Quién puede decir a los Osetios que lo que es bueno para los kosovares no es bueno para ellos? Triste es, sin embargo, que en el tablero de la geopolítica, el sufridor sea siempre la gente sencilla que ve sus ciudades invadidas y sus posesiones saqueadas.
En el futuro inmediato, no parece probable que Putin y su hombre de paja Medvedev, vuelvan al statu quo anterior a la crisis y se conformen con restablecer el equilibrio. Su plan pasará por colocar en Tbilisi a un títere pro-ruso, con el consiguiente mensaje de fuerza al resto de naciones que en su día fueron satélites de la vieja Rusia, a EE UU y a una Europa que se han pasado de frenada.
¿Rusia es culpable? La famosa sentencia de Serrano Suñer encuentra una justa reversibilidad interrogativa y una conclusión amarga: puede que Rusia sea culpable de un uso desproporcionado de su fuerza y de la ingerencia en un país soberano, pero Occidente tiene exactamente lo que se merece tras el vergonzoso espectáculo del pasado febrero en Kosovo.
Autor: MARALDI
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